Liderazgo y emoción

En el entorno empresarial es fácil que nos encontremos con la frase: “Para dirigir bien y liderar hay que dejar el corazón (sentimientos y emociones) en casa”. Esta frase adquiere especial relevancia cuando la empresa es familiar, y quien dirige a personas de la familia es también uno de ellos. Tras casi cincuenta años de trabajo en empresas de todo tipo, habiendo pasado por puestos de diferente nivel de responsabilidad y contemplado infinidad de maneras de dirigir personas, podría afirmar que sólo los directivos con una gran aproximación emocional a su gente (directivos con corazón) son capaces de obtener resultados realmente excepcionales. Este acercamiento emocional siempre conlleva respeto, atención, reconocimiento, aprecio y afecto. Cuando esa aproximación emocional no se produce, y los directivos dejan sus sentimientos en el perchero al entrar en la empresa, los resultados, en el mejor de los casos, son sólo los esperados.



Hoy, tras todos estos años de observación, me atrevería a concluir lo siguiente:



Lo mejor de las personas, en el trabajo o fuera de él, sólo se obtiene cuando el corazón (sentimientos y emociones) impregnan la relación. Sólo quienes dirigen con el corazón, son capaces de movilizar el corazón de otros y ganar su voluntad.
El que no es capaz de emocionarse difícilmente puede hacer que otro se emocione, al menos de manera continua y consistente; sólo la emoción emociona y nadie da lo que no tiene.
La aproximación emocional, facilita la salida de la creatividad y la iniciativa, desarrolla y potencia la motivación, la integración, la dedicación, la fidelización y el interés; haciendo posible la persuasión. Todos ellos factores importantes para hacer un trabajo excelente.
El cambio del yo/tu, mío/tuyo por el nosotros/nuestro es un paso importante para trabajar en equipo y se facilita de manera notable cuando existe aproximación emocional.
Pocas veces he visto sacar lo mejor de los otros solamente con razones.


Hay quienes desconocen estos aspectos, y hay quienes conociéndolos no los aplican porque les resulta dificultoso al carecer de habilidad en el manejo de las emociones; en ambos casos, seguirán dirigiendo, casi con seguridad, a base de “zapatazos”, no planteándose siquiera si los resultados que obtienen podrían mejorarse de alguna manera.


El dirigir teniendo en cuenta el aspecto emocional de las personas hace necesario conocer y manejar tanto las emociones propias como las ajenas. Desafortunadamente estamos en un país en el que, a los que tenemos cierta edad, se nos ha enseñado desde pequeños, y sobre todo a los varones, a secuestrar las emociones, lo que nos ha convertido en auténticos analfabetos emocionales y, por tanto, se nos ha privado, sin querer, de poder utilizar en el trabajo el gran mobilizador del potencial de las personas: la emoción.

Por José Luis Melero

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